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4º Domingo de Adviento

Evangelio: Mateo 1:18-25

NACIDO PARA PERDONAR, NACIDO PARA REVELAR A DIOS

Al leer acerca del nacimiento de Jesús, podemos quedarnos entrampados en los detalles acerca de cómo nació, si hubo o no intervención humana o si fue sólo del fruto del Espíritu Santo. Si creyésemos que ambas son posiciones opuestas, entonces tendríamos grandes problemas para pasar esa valla y leer lo más importante que el texto leído proclama: quién es este niño y cuál es su misión. Ambas realidades, su identidad y misión nos están dados por Mateo a través de los dos nombres con que lo identifica: Jesús y Emanuel. El primer nombre, Jesús, Yeshúa, tiene que ver con salvación, nos dice Mateo, se le llama así porque salvará a su pueblo de sus “pecados”. Tal aseveración lo ubica de manera mediadora entre Dios y las personas, lo ubica en el terreno de lo sacerdotal y de la autoridad rabínica: este Salvador, viene a otorgar a la gente una salida a sus predicamentos, a sus equivocaciones y errores; y a las consecuencias de estos sobre la sociedad, las otras personas y sí mismos, sí mismas. El pecado será redefinido por Jesús: todo lo que atente contra la dignidad humana y contra el otro, la otra, el prójimo, es pecado. Las personas estarán sobre las leyes, y la piedad y misericordia serán el eje rector de su práctica y de su predicación. Salvación no será la piedad hipócrita de los maestros de la ley, sino un profundo encuentro de gracia con el Dios de amor que él anuncia: el Abba, papito Dios, cercano y amoroso, en búsqueda de todo ser humano perdido, solo y abandonado en sus errores. A través de tales actos de misericordia generará una nueva sociedad, una micro-sociedad en donde todas las personas valen lo mismo y son tratadas con igual dignidad y respeto.

Su otro nombre, será más enigmático: Emanuel, que significa, “Dios con nosotros”. Jesús se siente y sabe enviado del corazón de Dios a la humanidad. Se reconoce a sí mismo como Hijo de Dios. Las gentes irán paulatinamente descubriendo su identidad y asimilando que él no es simplemente Jesús de Nazaret, sino el Hijo del Dios altísimo, el enviado de Yavé, el Hijo de la humanidad, la luz, la puerta, la resurrección, la vida, el camino, el agua de vida, etc. Su ser será revestido de nuevos significados a medida que la comunidad cristiana y que los cristianos y cristianas de todo tiempo y lugar, vayan develando su identidad y contraponiendo su revelación como un testimonio del logos eterno de Dios que ha venido a visitar a la humanidad. Su resurrección, su triunfo sobre los poderes de la muerte, hará que sus discípulos y discípulas den testimonio de él a todo el mundo conocido de su tiempo y dicho testimonio sea tan valedero, real y genuino, que estarán dispuestos a ofrecer su vida en sacrificio por tal ser, quien es La Verdad de sus vidas. Dios se hace cercano en Cristo, como un ser humano más. No le hace asco a nuestra carne, se hace uno de nosotros y como nosotros y nosotras. En ese acto, se transforma en la vista panorámica más adecuada para observar quién es Dios, cómo piensa, cómo ama, cómo sufre, cómo nos busca, cómo nos ama, cómo nos anhela, cómo nos dirige, cómo nos consuela. Jesús es Emanuel, no Dios en las nubes, sino a nuestro lado, sufriendo, amando, siendo humanidad y todo esto, sólo por amor, sólo por gracia. Amén.

Por Marcelo Huenulef, Pastor.

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