Ayuda a las familias afectadas por los incendios
2 Febrero, 2017
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12 Febrero, 2017

5º Domingo después de Epifanía

Evangelio: Mateo 5:13-20

USTEDES SON SAL, USTEDES SON LUZ

La lectura de este pasaje ha inducido a muchos a buscar un sentido normativo para este texto. Es decir, han visto en él exigencias, una demanda de perfección y de conducta que resulta pesada y hasta imposible de cumplir. Especialmente cuando el texto habla de ser luz y de ser sal. Ahora, es cierto que Jesús no tiene ninguna intención de eliminar las exigencias de la ley ni de rebajar los estándares de justicia de Dios. Entonces cabe preguntarse qué es lo que realmente desea de sus oyentes, cuál es la finalidad de esta declaración.

Primero, acá no hay una especie de camino de perfección puesto ante nosotros. Hay, más bien, un principio ético puesto como un eje de vida y de acción para esa vida. La declaración no pretende que desesperamos, sino que nos empoderemos. No nos dice “si se portan bien serán luz”, nos dice “ustedes son la Luz”, “ustedes son la sal”. La diferencia entre una religiosidad ajena a Cristo y la que él verdaderamente predica y enseña, radica en el hecho que a Jesús le interesa el corazón, no las piedades externas que cualquiera puede hacer. Le interesa la motivación y deseo que nace del centro del ser humano mismo y que lo lleva a la misericordia, a la bondad, a la compasión. La piedad farisaica que Jesús rechaza, no es mala en sí misma, sino que es usada para separar, para discriminar, para creerse mejor que otras personas. Jesús quiere dar un salto en la práctica de fe, y por eso apunta al corazón, al centro de quienes somos; allí habla, allí transforma y allí llama a nuestra conversión.

Nada tienes que hacer para llegar a hacer luz, o agua, o sal, o paz. Por estar unido a Jesús y éste a Dios, somos parte de la Luz, e inevitablemente la mostraremos en nuestra vida y en nuestra práctica de fe. Somos la Luz, somos la sal. Créelo, vívelo, experiméntalo, aprópiate de este regalo de gracia y vívelo a concho; porque La Luz no se esconde, la sal no se bota, ambas se usan para mejorar el mundo y mostrar a Dios en lo que hacemos y vivimos.

Esta semana estaremos ejerciendo esa fe en Jesucristo, ayudando a nuestros hermanos damnificados por los incendios; abre tu corazón a ayudar. No queremos limosnas. Dios pide amor, ni más ni menos. Así que ora, pide, da de lo que puedas, ayuda en lo que puedas, porque ese amor es la esperanza del mundo. Amén.

Por Marcelo Huenulef, Pastor.

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