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6º Domingo después de Epifanía

Evangelio: Mateo 5:21-37

LA PIEDAD QUE JESUCRISTO ENSEÑA

Al recordar las palabras de Jesús en el famoso Sermón de la montaña, estamos revisando, junto a Mateo, la esencia de la fe cristiana y de la enseñanza de Jesucristo.

Es que la piedad de la fe, la práctica de la fe que uno tiene, puede ser entendida de varias formas; y, algunas de esas formas, bastante reñidas con la imagen de Dios que Jesús quiere entregar.

Hay piedades alienantes, que te dicen que todo lo material es malo, pecaminoso, que desprecian el cuerpo y solo valoran “lo espiritual”, hay piedades discriminatorias que separan a los seres humanos en evolucionados y primitivos, entre desarrollados y subdesarrollados; hay piedades que son solo ritos externos que buscan equilibrar la vida para el éxito económico, sin desafiar la fe de esas personas hacia la compasión y el prójimo.

Pero, ¿qué pide Jesús? ¿Qué enseña?

En estos versículos muestra lo que yo llamo “la educación del corazón”. Es esta una forma de hablar al centro mismo del alma humana, un llamado a ser más que a hacer. Es decir, un llamado a preguntarnos cómo está nuestro corazón, cómo y por qué hacemos lo que hacemos o no hacemos. Su mensaje es preguntarnos por la motivación más básica y primordial de nuestra vida, la que nos mueve a ser y a hacer.

En palabras de Jesús, no se trata solo de no matar, sino de no odiar; pues, si el corazón no tiene odio ni resentimiento, difícilmente llegará a matar. No se trata solo de no adulterar, se trata de no alimentar la lujuria del corazón; pues, si yo no alimento las insatisfacciones de mi corazón, difícilmente llegaré a engañar a quién debo amar.

No se trata sólo de ir al templo y ofrecer ofrendas, se trata de relacionarse con Dios de tal forma que ese trato, respeto y consideración también lo exhibas con los demás, con aquellos y aquellas que sostienes algún conflicto.

Así, al final de esta parte del sermón, Jesús nos enseña que hay en nosotros un problema, pero que no radica en nuestro cuerpo, sino en algo más profundo; pues, cortándonos en pedazos, no lograríamos cambiar las intenciones de nuestro corazón. Pero, he aquí la gracia de Dios, que nos susurra al oído un amor inefable que transforma y ordena, que educa al corazón hacia el amar. Allí en el secreto de cada vida, Jesucristo, palabra creadora, está moviendo nuestra alma, removiendo nuestros afectos, para implantar la vida del Espíritu; vida que hará que cada uno y cada una, aprenda, finalmente, la difícil pero no menos humana tarea de amar. Así sea, amén.

Por Marcelo Huenulef, Pastor.

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