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La Transfiguración de Nuestro Señor

Evangelio: Mateo 17:1-9

MIRAR A JESÚS CON NUEVOS OJOS

En el monte de la transfiguración conocemos. Conocemos más acerca del Dios que Jesús adoraba, y aquel es un Dios que no le hace asco a lo humano, que se identifica con nuestra humanidad; que la abraza, la invita, la incluye. Por eso abrazamos al mundo, por eso lo invitamos a la iglesia, por eso lo incluimos; porque Dios también lo hace, y por eso nadie tiene derecho en la comunidad cristiana a hacer lo opuesto: a discriminar o despreciar a los demás. Es Dios quien escoge, es Dios quien llama y, a veces, llama a los más desvalidos del mundo, a su reino. Todos son y somos un tesoro para Él, Dios no hace basura.

Allí la humanidad es incluida. Todos nosotros bienvenidos, y Pedro se asombra y habla estupideces; pero, cómo no hacerlo, cómo no querer prolongar por un instante la maravilla, la presencia del cielo, en un pedacito de la vida.

En el monte, Jesús también se enfrenta a sí mismo y a su destino. En la Transfiguración, Jesús aprende, tal vez por primera vez, que hay más en él de lo que él ha conocido de sí mismo. Y, sin embargo, sigue compadecido por nuestro dilema humano. Él no nos abandona por días más felices con Moisés y Elías. Regresa a nuestras confusiones y a nuestras vidas perdidas, llevándonos a descubrir quiénes podemos llegar a ser cuando tratamos de ser fieles, en lugar de tratar de estar felices todo el tiempo.

Allí en la montaña Dios parece más cerca. Por eso algunos comentaristas dicen que esa es la tentación de la iglesia, quedarse allá en el cerro disfrutando las experiencias de lo divino y no bajar al valle, a la realidad, a la gente y a sus problemas y a desafíos reales: es más fácil evadirse, que confrontar la verdad de la vida y de quienes somos, es más fácil la mentira que aceptarnos a nosotros y nuestros problemas y lo que tenemos que hacer al respecto. Pero, a su vez, si no nos empapamos de esta imagen gloriosa de Jesús, nada nos inspirará, nada podrá movernos, porque eso sería reducir al evento Cristo a un Ché Guevara más, o a cualquier otro revolucionario de época.

La invitación es a mirar con nuevos ojos a Jesús, para entenderlo mejor. ¿Se te ha transfigurado? ¿Se te ha cambiado de líder revolucionario a alguien que te cuestiona, a alguien que te mueve y que te inspira?

El Evangelio de hoy nos invita a mirar a Dios intersectando nuestra realidad en el aquí y en el ahora. Su realidad, su luz es más fuerte que nuestra oscuridad, su luz es amor, un amor intenso y duradero, eterno. Una luz que ciega de miedo; pero, que no destruye sino que alumbra la vida hasta la muerte. Que esa misma luz te guíe para encontrar en lo humano la huella de lo divino y en cada ser humano, a Dios. De eso se trata Epifanía y de eso se trata Transfiguración. Amén.

Por Marcelo Huenulef, Pastor.

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