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Pentecostés

Juan 15,26-27; 16,4b-15

ENVÍA, SEÑOR, TU ESPÍRITU; Y RENUEVA LA FAZ DE LA TIERRA

El Espíritu es también espíritu de justicia y viene a nuestro mundo a convencerlo de lo mismo. Es que el testimonio del Espíritu es uno que libera de esclavitudes a la sociedad y a las personas, actúa de manera colectiva e individua. Porque cuando un individuo es liberado, las consecuencias se sienten en su entorno y cuando por el poder de la justicia es levantado como líder, las personas sienten su influencia. El espíritu actúa en la sociedad a través de personas que nos son diferentes a nosotros mismos a nosotras mismas. Son personas como tú y como yo que sienten la urgencia de lo justo; y allí, partiendo desde la conversación, el encuentro, la convicción y la idea, se generan los cambios sociales, desde el convencimiento generalizado que empuja al poder anquilosado a sentir que un cambio es urgente.

El Espíritu convence al mundo de pecado, nos lleva a convicciones colectivas y personales de lo que nos daña, de lo que necesita reparación. ¿Qué nos ata la infelicidad? ¿Qué nos daña? ¿Qué está mal en el vecindario donde vivo? ¿Qué debería cambiar en la sociedad para que nuestro vivir sea mejor, más pleno y con más respeto por lo humano?

Sin el Espíritu de Dios, no hay verdad liberadora, ni personas soñando un nuevo futuro, ni comunidades trabajando por los que nadie quiere, ni esfuerzos por la paz, ni visiones diferentes del futuro. El fin del mundo, dice Jesús, llega cuando hay enfermedades que irrumpen rampantes, guerras y rumores de guerra, hambre, etc. El fin llega cuando las personas ya no buscan el bien común, pero mientras el bien común sea nuestro norte, allí está el Espíritu, renovando la sociedad, moviéndola hacia la justicia la paz y el amor.

Hoy estamos aquí y como iglesia buscamos caminos para hacer a Cristo conocido. Dios nos ayude para que en todo lugar en que seamos iglesia, en nuestro barrio, en nuestro trabajo, con nuestros amigos y amigas, cada uno de nosotros sea una zona liberada, liberada de prejuicios que cierran las puertas de la iglesia, liberados/as de miedos que no nos dejan actuar, liberados de odios que no nos dejan estrechar la mano del hermano o de la hermana, liberados para amar, para vivir la paz, para encarnar la justicia, liberados para ser verdaderamente felices en el perdón, en el encuentro de paz, en la vida comunitaria.

El Espíritu viene a la iglesia para que aprendamos qué es vivir en la verdad. No en la que nosotros queremos, sino en la que la comunidad construye como ethos de su vivir. Hay verdades que nos mueven, no necesariamente filosóficas, pero que tocan nuestra alma profundamente. La verdad de quienes somos: fuertes y débiles a la vez, sencillos y complicados a la vez, llenos de luz y con tanta obscuridad a la vez. Allí en esas realidades ambivalentes que no siempre entendemos acerca de nosotros/as, Dios se revela con un testimonio de gracia y amor, nos envía el Espíritu de verdad para guiarnos a toda verdad, para darnos testimonio de su amor y ayudarnos a crecer, a madurar, a ser más auténticos y auténticas, más acordes con lo que en nuestro interior se revela como nuestra verdadera identidad.

Dios espíritu nos bendiga en este propósito y nos guíe a toda verdad liberadora y humana.

Amén.

Por Marcelo Huenulef, Pastor.

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