Seminario Bíblico en La Trinidad
6 Abril, 2015
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2º Domingo de Pascua

Juan 20,19-31

LA PAZ ESTÉ CON USTEDES

En este relato, Juan nos presenta el estado de la comunidad cristiana primitiva, sin la presencia de su Señor. Llega la noche, llega la oscuridad, se encierran bien en la casa, paralizados por el “miedo a los judíos”, por la inseguridad. Oscuridad, miedo-inseguridad, falta de valor: llega la noche, predomina la oscuridad, no hay luz, no ven, son ciegos; tienen miedo a los judíos, tienen miedo al poder, no confían, están confundidos, no hay esperanza; tienen bien cerradas las puertas de la casa, para que nadie entre, pero también para que nadie salga; no hay fuerza ni ánimo para la misión.

Pero, de pronto aparece Jesús junto a ellos, Cristo vivo que re-crea todo. Aparece sin abrir la puerta, porque las puertas que los seres humanos cierran, por miedo, inseguridad o cobardía, no son obstáculo para él. Y aparece para 1) quitar el miedo y la confusión, y traer paz y alegría: “la paz esté con ustedes”; 2) para infundirles ánimo, abrir las puertas de la casa, y recordarles la tarea encomendada antes de la Pascua: “como el Padre me envió, yo los envío a ustedes”.

La carencia de paz inhibe nuestra creatividad. Nos paraliza. Cuando experimentamos situaciones conflictivas, permanecemos inmóviles ante los desafíos, excepto para sobrevivir. Eso es: sin la paz del Señor, sólo sobrevivimos. Sin embargo, el Cristo resucitado es, por sobre todo, fuente inagotable de paz. Y por eso creemos que la vida es más fuerte que la muerte: que la vida del Cristo, imperecedera, resucita los espíritus temerosos y cobardes, las esperanzas perdidas, vuelve a encender las luces. Luces que nos indican a nosotros, tal como a sus discípulos, el mismo camino de la verdad y la vida; y que nos permite caminarlo libres de miedos, libres de oscuridades.

Como Iglesia y como Comunidad, debemos abrir nuestras puertas al mundo, sin miedo. En estos tiempos, en que está de moda criticar todo lo que huele a Dios o a creencias religiosas, seguramente vemos como las iglesias ya no gozan de la influencia de antaño. Eso debe desafiarnos y no atemorizarnos. Es más, debemos asumir las críticas y re-fundarnos en Cristo, en su predicación y en su ejemplo; debemos seguir adelante cumpliendo nuestra misión, siendo “luz”, “sal” y “abono” para nuestro país y para nuestros mundos, especialmente en contextos de maldad, de corrupción, de explotación y de deshumanización. No debemos temer a los cambios, por más que este miedo sea, generalmente, una reacción natural del ser humano como tal. Al contrario, pensémonos como una iglesia en constante refundación, movida por el espíritu del Cristo resucitado, quien la anima, la mueve, la impulsa y la alumbra, así como a los discípulos en el relato de Juan.

Que el miedo no se apodere de nosotros. Que la vida y la creatividad predominen en nuestra vida individual y comunitaria. Que la paz del Señor esté siempre con ustedes.

Por Robinson Reyes.

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